Bien, pongámonos en el supuesto, de tener una mente abierta, y tratemos de expandir los horizontes que cuadriculan nuestra realidad.
A la hora de observar algo, cualquier tipo de materia, ¿En qué nos fijamos?
Y, prescindiendo, en cierto modo, de la importancia que le podemos dar al plano físico, ¿Qué es lo que vemos?
De acuerdo, pensemos en una persona o en un conjunto de ellas.
Probablemente, lo primero que imaginemos será un nombre o una cara.
Y es aquí donde, a mi parecer, se encuentra nuestro gran fallo.
Si nuestra mente, desde un primer momento, observara "libremente", seríamos capaces de "ver" a las personas.
Nadie es un nombre o una cara.
Si conocemos a una persona, quedemonos con una actitud, con un olor característico o con el tacto que revela su piel, con la luz que reflejan sus ojos o con una sonrisa.
De esa forma, podremos "conocer" y no "reconocer".
Sabríamos de miles de entes, en realidad, etéreos que, evocan en nosotros un olor, un estado de ánimo, e incluso una temperatura determinada.
Aunque en esencia es algo introspectivo, en el fondo, aplicado a diario, marcaría una gran diferencia en las relaciones interpersonales.
Porque automáticamente se eliminarían los prejuicios, se crearía una amplia libertad de pensamiento y conocimiento, como conecuencia de desbloquear los miedos que nos mantienen unidos con cadenas invisibles a los parámetros de los que, en el fondo, deseamos huir.
Pero, superando todas estas barreras,
¿Quién eres tú?
Y no nos deberíamos engañar, tardaríamos toda la vida en intentar respondernos,
sin embargo, vale la pena buscarse incansablemente hasta encontrar una mínima parte de lo que somos,
y, con suerte, irnos de éste mundo físico, dejando el puzzle a medias.
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