El ser humano crea sentimientos que, si bien pueden llegar a
ser arrolladores, no forman parte de un conglomerado de emociones general, ni
se diagnostican como síndromes de nada; son sencillamente solitarios.
La sutilidad es la totalidad de una sensación, sea cual sea,
y se hunde en cada cual de una manera especial.
El amor, el fracaso, el rencor, el miedo, el odio…,
universales pero únicos, ya sean pasajeros o vitales; ilusiones de una conciencia en proceso de
cambio, que altera o frena nuestra energía vital.
Una parada intermedia o el final del camino, perdidos y
encontrados, o escondidos y desvelados siempre en solitario.
Uno mismo es en sí, un sentimiento personalizado.
Pero siempre, entre el aire vacio de los supuestos y deslizándose entre poros que criban
partes fundamentalmente axiomáticas del
ego, el loado positivismo absoluto que se representa a sí mismo como una
referencia directa al reto.
Agria, pero definitiva, impoluta y firme, la soledad.
El do re mi de la existencia, la base de la compañía del
amor mas intachable y puro.
La liviandad de la conciencia en estados de ánimo paralelos
a los pensamientos subconscientes.
Los cimientos de la graduación del ser, de las chispas que inevitablemente en decadencia marcan los momentos para continuar su camino, mientras somos conscientes siempre un segundo después en nuestro presente, del inmediato pasado.
Los cimientos de la graduación del ser, de las chispas que inevitablemente en decadencia marcan los momentos para continuar su camino, mientras somos conscientes siempre un segundo después en nuestro presente, del inmediato pasado.
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