martes, 20 de agosto de 2013

Ambivalente




Sueños entrecortados,  como películas interminables guiadas por diálogos muertos y carentes de sentido, volatilizándose como el polvo que dibuja las alas de las mariposas.

Pensamientos directamente proporcionales al batir  de alas de cualquier ave libre.



Conciencia inconscientemente impoluta, grabada en la memoria a corto plazo del progreso forzado de la evolución, complementando el aparente mutismo de lo natural.

Prismas de un cubo que reflejan el mismo mantra que describen las noches veladas de tantos, durante tanto tiempo.



Imperturbable, la luna, se erige como cuenco de deseos que rebosa y, simplemente desaparece para comenzar de nuevo; la imagen del reflejo brillante de la transmutación, que cambia  constatándose en la misma esencia, noche tras noche.

Es el mar de nubes como contrapunto al ánimo decadentemente terrenal, y como contratiempo de los escondites de las mentes anhelantes de sí mismas.

El ying del yang.

Aquello por lo que reconoces en lo vivido,  lo nunca experimentado, por lo que resuelves que el deleite, es en ocasiones, una tristeza incomoda, por lo que esperar una segunda parte del continuara de algún latido, que entró al trote y ahora va a un paso desesperante.

Aquello por lo que las lágrimas han bañado tantos mares deshidratados.



Por los poros de tu piel que antes ansiaban diluirse en los míos, y ahora renquean.



Imágenes discordes y sucesivas, que en blanco y negro, se disocian y reaparecen bañadas en colores nítidos.

La panacea del silencio conmovedor de la lucidez relajada; la gran estafa al servidor neuronal, en dosis individuales y etiquetadas.



Todo sabanas blancas, volúmenes de luz que parpadean con el centelleo del hierro y el sol; veletas y velámenes, que guían hacia el mundo de mundos. Al infinito color nata, al planeta subterráneo de sombras recolectoras de luz, que se doblegan al alba, convirtiéndose en negrura seguidora de reflejos.



El universo en cada ojo, como partidas de microcosmos, que vuelan hasta convertirse en energía cambiante, enorme e implosiva, que desintegra fibras y rompe con fuerza cada estrella desubicada.





“… porque, para comprender bien una acción, hay que conocer su motivo. Por lo que a las obras se refiere, ocurre lo contrario; su producción no depende de la ocasión, sino únicamente de su autor, y siguen siendo lo que son en sí mismas y por sí mismas, mientras tanto que duran…” Schopenhauer

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