Sueños
entrecortados, como películas interminables
guiadas por diálogos muertos y carentes de sentido, volatilizándose como el
polvo que dibuja las alas de las mariposas.
Pensamientos
directamente proporcionales al batir de
alas de cualquier ave libre.
Conciencia
inconscientemente impoluta, grabada en la memoria a corto plazo del progreso
forzado de la evolución, complementando el aparente mutismo de lo natural.
Prismas de
un cubo que reflejan el mismo mantra que describen las noches veladas de
tantos, durante tanto tiempo.
Imperturbable,
la luna, se erige como cuenco de deseos que rebosa y, simplemente desaparece
para comenzar de nuevo; la imagen del reflejo brillante de la transmutación,
que cambia constatándose en la misma
esencia, noche tras noche.
Es el mar de
nubes como contrapunto al ánimo decadentemente terrenal, y como contratiempo de
los escondites de las mentes anhelantes de sí mismas.
El ying del
yang.
Aquello por
lo que reconoces en lo vivido, lo nunca
experimentado, por lo que resuelves que el deleite, es en ocasiones, una
tristeza incomoda, por lo que esperar una segunda parte del continuara de algún latido,
que entró al trote y ahora va a un paso desesperante.
Aquello por
lo que las lágrimas han bañado tantos mares deshidratados.
Por los
poros de tu piel que antes ansiaban diluirse en los míos, y ahora renquean.
Imágenes discordes
y sucesivas, que en blanco y negro, se disocian y reaparecen bañadas en colores
nítidos.
La panacea
del silencio conmovedor de la lucidez relajada; la gran estafa al servidor
neuronal, en dosis individuales y etiquetadas.
Todo sabanas
blancas, volúmenes de luz que parpadean con el centelleo del hierro y el sol;
veletas y velámenes, que guían hacia el mundo de mundos. Al infinito color
nata, al planeta subterráneo de sombras recolectoras de luz, que se doblegan al
alba, convirtiéndose en negrura seguidora de reflejos.
El universo
en cada ojo, como partidas de microcosmos, que vuelan hasta convertirse en
energía cambiante, enorme e implosiva, que desintegra fibras y rompe
con fuerza cada estrella desubicada.
“… porque,
para comprender bien una acción, hay que conocer su motivo. Por lo que a las
obras se refiere, ocurre lo contrario; su producción no depende de la ocasión,
sino únicamente de su autor, y siguen siendo lo que son en sí mismas y por sí
mismas, mientras tanto que duran…” Schopenhauer
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