Quizá,
pensándolo bien,
hubiera
sido mejor vivir el misterio; el “qué hubiera pasado”,
las divagaciones melancólicas
al volver a escuchar esa canción,
o las ensoñaciones idílicas al recrear los
matices de todas tus formas.
El suponer,
del maravilloso o desdichado futuro, siendo
nosotros.
El rumor de lo oculto,
y la lenta e inocente cadencia de ir desvelándote
poco a poco,
como la manufactura de un gran lienzo.
Sin cabida para la sensatez,
cuando decides dar tregua al cerebro para dar alas al corazón;
cuando acallas
tu juicio para dejarte elevar por la pasión,
y te ves perdido y encontrado al mismo tiempo.
Al margen del mundo,
que
inmutable gira violentamente,
nosotros decidimos dormir sobre un campo de amapolas.
El sol
sobre la piel,
y nosotros en un sueño secreto que pudiera ser alcanzable.
Y ese “pudiera ser” alimenta la ilusión
de un estilo de amor mutuo,
por otra parte, inexistente.
Nosotros, sin ser nosotros,
siendo el uno del otro en un vals individual,
donde observamos si, invisibles,
nos pisamos adrede o sin querer.
Tú, tan tuyo de ti como de mí,
tan volátil y aparentemente libre.
Fuimos un posible y vamos camino
de la utopía.
Tras las palabras que no deberían decirse,
y por encima de la
disonancia de latidos;
entre tu saber desubicado, y mi incansable búsqueda de
algo que no se si ni siquiera existe.
En pos de eso que se nos escapa a
raudales entre los dedos.
Vivir esperando vivir.
Sin
entender,
que cerrar los ojos siempre es tiempo que la muerte deja caer;
en una
deuda eterna por los momentos que carecen de mesura.
Y por ser esa desmesura, eres
quimera, como las hadas y la magia, con un “y si fuera real” aferrado a cada
gran truco, a cada instante en el que decides emerger como tú mismo, y ser un
nosotros instantáneo.
Y, al final,
pareces lluvia,
calando hasta los huesos,
para secar después,
y desaparecer.
Hasta que las nubes se vuelvan a
ennegrecer.
Pero entonces, ya serán otras tormentas.
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